Empática sinestesia (1)

El era un tipo normal, del monton quizas. humilde y retraído, aunque siempre mostrando una sonrisa.
Ella era chica con millares de emociones, que siempre ocultaba tras una máscara de inexpresiva incertidumbre.

No importaba los motivos, ni sus vidas, solamente que un día se cruzaron en el camino. Habían pasado el uno junto al otro en otras ocasiones, solo que sin saberlo. En el metro, el el mercado, en el parque o hasta en restaurantes. Estaban compartido lugares, pero no ocasiones.

Sin embargo la serendipia jugaba un papel en todos los caminos de la vida, y este no iba a ser menos. Pero no iba  a ser como en las películas, donde dos chocaban y se caían las cosas al suelo, mientras el otro se disculpaba y le ayudaba al primero a recoger sus cosas.
No iba a ser igual que cuando dos desconocidos se miraban a los ojos y saltaban chispas, o cuando un poco ebrios buscaba alguna excusa para conocerse.

En este caso iba a ser una chispa diferente, en unas escaleras de no importaba donde simplemente rozaron su piel, entre el bamboleo de la gente y las multitudes que se empujaban para llegar a cual fuera su destino. Y entonces sucedió, el dolor...

A veces cuando tocas superficies metálicas o rozas ciertos materiales, una persona obtiene una carga eléctrica mayor, y como solemos usar calzado aislante, no solemos descargar. Otras veces simplemente nuestro cuerpo va cargando y cargando energía, del ambiente, de la humedad o vete tu a saber. No importaba quien tenía más carga o menos en este aspecto, solo que un brillo azul y un fuerte dolor sorprendió a ambos. Y por el ligero brillo azul, eso sorprendió tambien a la gente de alrededor, que miraron confundidos a la pareja, rompiendo así la monotonía del día.

Eidan y Diane se miraron confusos y doloridos, uno sujetaba su mano con dolor, mientras el otro contemplaba la suya con confusión.
Él sabía que eso podía pasar, hoy hacia algo más de frío y humedad, y el era un cuerpo en ebullición. Siempre tenía calor, así que en los días como estos solía evitar tocar cualquier superficie para que no le dieran estos calambres. Obviamente había estado jugando con su gato todo el día, así que tenía que pasarle en algun momento.

La confusión de ella era distinta, ¿que era lo que había sentido? No era el dolor normal, su sensación era distinta del todo, era como si hubiera podido sentir a aquella otra persona. Como si una extensión de su ser se alargará hasta ella y tocara la yema de sus dedos. 

Pero eso no importaba y tenía algo de prisa, se giró para ver al tipo, él estaba ahí todavía retorciendo su mano entumecida, aun así tomó su tiempo para mirarla a los ojos y disculparse. Ella sintió un ligero escalofrío y diciendo que no importaba rapidamente, retomó su camino. Continuo subiendo las escaleras hasta alcanzar la cima, y se olvidó del asunto por el resto del día.

El sin embargo se acordaba, llegó a su trabajo y continuo pensando en ella, era linda y con los ojos vidriosos como le gustaban. Su cabello le daba carácter y vestía acorde a sus gustos. Pero el dolor del calambre había permanecido un rato más que de costumbre. Así que durante un rato se acordó de ella, y una leve sonrisa se le escapó.



Era ya entrada la noche cuando ella conseguía sentarse en el sofá de su pequeño apartamento. Dejo salir un suspiro al relajar sus tensos músculos, y desabrocharse un poco los botones. Se preparó algo de comida, y tras sentirse con algo de fuerzas, decidió que era un buen momento para tomar una ducha antes de ir a la cama. Y en ese preciso instante, en el que el agua fluía por su cuerpo y rozaba su mano, recordó el dolor de la mañana y el sentimiento extraño que el chico había despertado en ella.
El no le parecía la gran cosa, tenía unos bonitos ojos y una sonrisa sincera. Pero desde luego ni era un chico alto, ni parecía remotamente atlético, no era el tipo de chico en el que ella se fijaria. ¿Por qué se acordaba de él justo ahora? Aun así las mejillas se le colorearon levemente.

Esa noche ella soñó un poco con él, tan solo que ellos llegaban a entablar una conversación en las escaleras, como si continuaran desde un punto distinto al resto del día. Quizás en otra vida, ese habría sido el camino que tomasen, últimamente se hablaba mucho en cines y series sobre vidas paralelas, y universos alternativos. Un mundo donde la gente no tenía que ir corriendo a trabajar, y se podían tomar un minuto para mostrarse más preocupados por los demás y las situaciones reales de lo que ocurría alrededor de uno mismo. 



Al día siguiente Diane no recordaba apenas nada del sueño, pero estaba de buen humor y sentía que estaba más ligera, había descansado bien y se sentía con energía para el resto del día.
Por el contrario Aiden estaba confuso y somnoliento. Había pasado otra mala noche, entre atragantarse con su saliva a media noche, los mosquitos que todavía intentaban refugiarse en su cuarto y de paso buscar algo de comer, y los vecinos dando algun que otro golpe, el maldecia al sol por darle con su luz en la cara pese a las persianas.

Otro día sin energía y un largo café para poder ser persona. Preparar rápido el uniforme del trabajo, y comprobar que no faltaba nada por hacer antes de salir por la puerta. Al cabo de un rato volvia a subir las escaleras de ayer, y divertido se acordaba de la situación de ayer. A veces la memoria era así de selectiva, un olor, un color, una canción, o quizás un calambrazo con un desconocido, te hacia recordar alguna situación. Sería divertido volver a coincidir con ella en el mismo sitio.

Y así fue, pero él no se dio cuenta. Diane lo vio subir en las escaleras, tampoco tenía ningún motivo para decirle nada. No se conocían, y no tenía tampoco gran cosa que decirle, y simplemente había demasiada gente en este momento como para poder alcanzarlo, si es que tuviera algun motivo para hacerlo. Seguramente trabajaría por la zona, y se cruzarian más veces. 
Otra cosa que pudo ver, era como una señora pasaba un maletón por encima del pie del chico. Eso le hizo sentir una gran molestia en el mismo lugar donde el chico había sido atropellado. Así que podía entender la cara de amargor que el ponia, aun así era el quien se disculpaba con la señora, y salía rapidamente del lugar para no llegar tarde a donde quiera que fuera.
Es curioso, ella normalmente veía esas películas de terror, y se podía reír mientras cazaban a ésos adolescentes ruidosos. Debía ser de las primeras veces que empatizaba con el dolor de otra persona por un pequeño accidente.

Eidan estaba molesto, le habían pasado por encima del pie y tenía que pasar largas horas en el trabajo, así que iba a estar incomodo por toda la mañana. Aunque se había disculpado él con la señora, estaba frustrado por no haberse quejado más. El otro día se había quemado el dedo con el horno, y ya tenía bastante con tener una mano que le molestaba.

Para compensarlo, decidió darse un capricho e ir a tomar algo a una cafetería después. A veces tomar pequeños momentos para cuidar de uno mismo era importante. Sobretodo para tratar de no morder a una señora mientras todavía no le había hecho suficiente efecto el café de la mañana. Por suerte el no era muy temperamental, así que pudo dejarlo pronto.
Pero la casualidad decidió que en ese momento, y mientras hacía cola para tomar un buen almuerzo, encontrara tambien a la chica del anterior día.

Su mente siempre era un caos, sus voces internas siempre hablaban más rápidas de lo que él podía seguirles el ritmo, normalmente con mil cuentos distintos, pero esta vez todas habían decidido enfocarse en ella. Rápidamente en su cabeza se empezaron a cocinar diferentes historias, de como se podían conocer, casarse o hasta tener hijos. Mientras él maldecía entre dientes por no poder controlar todos esos molestos pensamientos.
Sin embargo el era consciente de que eso no iba a pasar jamás. No es que el fuera introvertido y no supiera hablar con la gente. Se consideraba a si mismo un chico divertido y agradable. Seguro que si conseguía tener una primera charla, iban a conseguir entenderse. 
Pero el era totalmente incapaz de romper el hielo. Acercarse a alguien y sentir que quizás le iba a molestar, rompería cualquier oportunidad de volver a verse y estar cómodos en cualquier otro instante. Así que Aiden era especialista en dejar escapar las ocasiones de la vida, mientras se sonrojaba como un idiota.

-Disculpa, ¿vas a avanzar? o si no, ¿podrías apartarte para que la cola siga avanzando?- Le decía uno de los camareros de la cafetería, haciéndole despertar de su ensueño.

- Si, si, disculpa. -Se reia Aiden mientras ofrecía una disculpa.

Sin darse cuenta, la había perdido de vista, así que se pidió algo en la barra, y se dirigió a comer a una de las mesas. Hacia algo de buen tiempo, así que decidió quedarse en la terraza interior del cafe. Y disfrutar.

Estaba pasando el rato, distraído en su móvil, cuando sintió una presencia pasar por su lado. Era ella, de nuevo! el se quedo embobado otra vez mirándola pasar, dejando de nuevo escapar la oportunidad de decirle nada, y maldiciéndose por dentro.

Ella pasaba entre las mesas esquivando sillas y gente, mientras buscaba una de las papeleras para poder dejar la bandeja, y dirigirse de nuevo al trabajo. Sin embargo sintió una mirada persistente dirigida hacia ella, y al girarse podía ver el chico del otro día, con cara de bobo mirándola. Seguramente sea un chico de esos, no muy inteligente, que se distraía con facilidad. No parecia muy despierto, aun así habían coincidido las suficientes veces como para ser cortes. Así que le dirigió una breve sonrisa y un saludo igual de breve, y mientras seguía buscando las papeleras.
No le había dado ninguna importancia, aunque sin darse cuenta había saludado a un desconocido por inercia. Pero eso ya había roto el hielo lo suficiente como para que Eidan quedará aún más pasmado al recibir un saludo de parte de ella.



Los días iban pasando, y Eidan estaba pensando cómo devolverle el saludo la próxima vez que la viera. Era lo suficientemente intrigante como para que el quisiera al menos devolverle el saludo. Pero tenía antes que sortear la timidez que siempre tenía. Pero como le había hablado ella primero, el ya no sentía esa presión de no querer molestar a nadie. Así que, bueno... ¡Podría conseguirlo la próxima vez!

La cuestión era de que no podía hacerlo. Siempre la veía y siempre se quedaba a medias con el saludo. Nunca le hablaba, ni se atrevía a decirle nada. Y le volvían esos pensamientos irracionales de no querer molestar a alguien que no conocía para nada. Así que aunque la viera de lejos, en contadas ocasiones había dejado escapar la oportunidad. Aun así, no era una prioridad hablarle. Quizás ni presentarse. Pero le hacía gracia, y nunca era tarde la ocasión para hacer nuevos amigos. 

Cuanto dolor de cabeza, total, para que un día por la mañana, dormido y esperando a que el café le hiciera efecto, tropezase de nuevo con ella en la escalera, y allí, cara a cara y sin darle más importancia. La saludara como si fuera una rutina más.

Diane al darse cuenta de su presencia, le devolvió una sonrisa, esta vez mucho más larga, y un buen saludo. Y tras separarse, y darse cuenta de lo que había sucedido. Aiden empezó a maldecir de nuevo por no haberse presentado al menos. ¿Cómo podía ser tan torpe y dejar escapar tantas oportunidades?
Y no sucedió nada más por un tiempo.

Pero llegó un día en que por fin conseguía tener algo de dinero, puesto que pagar facturas le estaba jugando una mala pasada a su vida social. Así que había decidido acompañar a un bar conocido a sus amigos, a ver si así podía distraerse y animarse. 

Y estaba divirtiéndose, tomando algunas copas, y haciendo el tonto con ellos, hasta que tuvo que ir al servicio. Y fue allí donde se volvieron a encontrar. Ella le sonrió con más energía que de costumbre. Y él estaba menos tímido, seguramente por la influencia del ambiente. Ambos, con algo de rubor al nivel de las uvas rosadas, y disimulado por las bajas luces del local, por fin pudieron verse cara a cara. Sonriendose, por fin pudieron entablar una conversación.

Al rato, los dos se habían olvidado de sus respectivos amigos, pero él estaba contento, había conseguido robarle algunas sonrisas, saber su nombre, y tener alguna leve e insípida conversación sobre el tiempo en esa ciudad. Y cuando por fin la cosa empezaba a ponerse interesante, o eso creía él... aparecieron las amigas de ella. Y como por arte de magia, y florituras variadas, consiguieron robarle a Diane.
Eso era raro, nunca entendía como sucedía. Parecía un truco de magia, donde las amigas, especialistas en borrachos pesados, llegaban y con sonrisas y algunas palabras daban por finalizaban la conversación y salvaban la noche.

Pero bueno, Eidan estaba contento, había podido saber más de la misteriosa chica, y escuchar su risa de cerca le había puesto de buen humor. Y se había olvidado completamente de ir al baño.


Diane, había salido por insistencia de una de sus amigas. No era una gran fanática de salir siempre de fiesta, pero tambien porque se conocía. Y cuando salía... ¡Salía!. Le gustaba como a muchas otras personas. Bailar, incluso a veces cantar. No era suficientemente buena en el Karaoke, pero tenía buena voz, así que cenar con las amigas y despues encontrar algun buen local no parecía un mal plan.
Por desgracia empezaron bebiendo en la cena, y continuaron en el local. Así que cuando se sentía un poco pesada, ¡le pidió a sus amigas que si veia a algun pesado molestarla la sacaran de allí!

Era a la vuelta cuando se había cruzado con el muchacho de las escaleras. No sabía si era influencia de la bebida, o la luz, pero incluso así le parecía algo adorable. Así que divertida decidió hablar un poco con el, y saciar su curiosidad. No le llamaba demasiada la atención. Pero al menos parecía un chico agradable. Y cuando quiso darse cuenta ya tenia a sus amigas encima. Quiso maldecirse a sí misma por haberles dicho que le alejaran a los moscones, y le sabía un poco mal por el chico, que había sido bastante agradable. Así que aunque algo mareada, y con sus amigas conduciendo la salida del local, volvió a localizar a Eidan, y esta vez sí... darle su número.

Así que despidiéndose rapidamente de él, le dio un número, apuntado en un papel, y se marchó arrastrada por sus amigas. El, ruborizado al nivel de un tomate, busco rapidamente donde guardar el número en su cartera.

Pero antes de todo, volvio a suceder, y al tocar sus manos mientras se pasaban el número, volvió a saltar aquella chispa, esta vez dorada, que iluminó levemente su alrededor, y le causo algo de cosquillas a los dos. Y mirándose a los ojos, se empezaron a reír como dos tontos.
Y así acabó la noche donde ellos dos, por fin se sonrieron con sinceridad, y pudieron conocer sus nombres.









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