Eterna Sonata

 En el mundo de los sueños,
un duende bardo que tocó
Una melodía sorda,
al elemento que fue amor.

En su verbo que era carne,
con su sangre le forjó.
Eran sus estados cada parte
del descarte de una flor.

Las mañanas eran piedras,
que dolían levantar.
Cada amanecer eran pesadas,
como eterno despertar.

Su mente era viento
que se dispersa sin cesar.
Caprichosas sus andanzas,
sin saber si volverá.

Por las tardes su pasión,
de fuego pecho el corazón.
Me abrasaba cada beso,
Y cada nota que esculpió.

Por las noches era agua,
empapado el colchón.
El sudor no era verbo,
solo parte de canción.

De mis manos brotan sangre,
de esculpir otra canción.
Corrompidas por el tiempo,
que aquellos dedos perforó.

Invisibles son las notas,
que las venas ya tenso.
Por mí sangre fluye eterna,
el concierto terminó.

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